Hoy me desperté y era como un día cualquiera… sin
ganas de levantarme, con mucho sueño… y como siempre en invierno-sin ninguna
gana de salir al frío que me esperaba fuera del cálido cobijo de la cama. Y digo
invierno, pero es que aun no ha llegado el invierno, simplemente fuera hace
tanto frío, que no quiero ni pensar cómo será dentro de pocas semanas…
Por supuesto, un día cualquiera, es un día
laboral, un día cotidiano, un día aparentemente igual a los demás, o un día tan
distinto como ninguno otro, donde cada mañana el madrugar se convierte en parte
de mi ser, y no queda más remedio que salir con los ojos medio abiertos de la
cueva de mis sueños, después darme una ducha caliente y rápida, esas son las
dos claves de la satisfacción de una buena duchita, donde mis deseos de
quedarme adormilada bajo el agua se mezclan con los de dormir, tomar un café a
toda prisa o para ser exactos corriendo entre habitación y habitación, y aquí
detallo que mi piso no es tan grande como para hacer jogging, y ala, salir
corriendo para la parada del metro, porque a pesar de mostrar cada mañana mi
atletismo y los meros intentos de tomar la distancia que en caminata normal es diez
minutos hasta la parada, e intentar reducirla cada día con al menos treinta
segundos, pues todo esto queda en meros intentos, como dije antes, así que
siempre llego tarde al trabajo. Cabe mencionar, que de momento eso no afecta a
mi carrera profesional, espero que así siga porque de no ser así, ya me veo bajando
por el abismo, porque de lo contrario… tendría que madrugar… y eso sí que se me
da fatal, o es más, ni siquiera se me da. Así que de momento, he encontrado el
balance entre el acostarse tarde, intentar madrugar inútilmente, y que esto no
afecte al resto del programa diario.
Entonces este día, el día de hoy, o simplemente lo
que parecía ser un día como otro cualquiera, recobró otra magnitud para mi en
pocos instantes y resultó ser… al menos empezó como un día maravilloso. Cómo
acabará lo dejo en manos del destino.
Me subí al metro, y como cada mañana andaba con mi
librito, pues estar parada y apretada, muerta de calor y de risa, no es lo que más
me apasiona, con lo cual siempre complazco mi alma con un buen librito mientras
viajo.
Pasó la primera pasada, vino la segunda.
No sé si os he dicho, pero yo me bajo en la
tercera, para ser exactos, viajo siete minutos en metro, luego cinco minutos
más para llegar a la oficina, más los diez minutos del principio o desde mi
casa, pues en total me lleva tan solo
veinte dos minutos ir al trabajo, con lo cual…, podéis comprender por qué me
cuesta tanto madrugar, y por qué me puedo permitir el lujo de llegar tarde... sencillamente
soy una vaga.
Y sigo. Pasé la segunda parada, entonces ya empecé
a prepararme para bajar, pero de repente me doy la vuelta y… piso unos
zapatos,… los miro - zapatos normales, más bien sucios, negros, que parecían de
persona mayor, entonces alzo la mirada poco a poco para disculparme a la
persona, intuía por los zapatos que era hombre,… y cuando llego a la altura de
su cara, que resulta que era igual a mi altura, me espera…y me complace la
sonrisa más maravillosa que nunca he visto, o un chico de mi edad, guapo,
simpático y alegre, que no hacía nada más que sonreírme, y era… era la sonrisa
más mágica y encantadora de un chico que hace siglos que no veía, era tierna,
era virgen, y era dulce al mismo tiempo, un chico precioso que francamente me
enamoró,… bueno, su sonrisa.
Me disculpé, y se me salió la sonrisa a mi también
porque no me contenía las ganas,… él no contestó nada, con lo cual sospecho que
era extranjero, claro, si tengo en cuenta su aspecto físico, y su sonrisa tan
encantadora… diríais… ¿y qué me dices de los zapatos?, ah, esos zapatos sucios,
pues nada, ahora en mi ciudad está lloviendo, y hace un tiempo de otoño
invernal, así que… es normal que mi chiquito tenga los zapatos sucios, ¿verdad?
Solo os pido que no me preguntéis cómo acabó la
historia…
Bueno, para los más curiosos… yo me bajé en mi
parada, tenía las tremendas ganas de que el chiquito se bajara conmigo, pero no
me di la vuelta y ni siquiera supe si él se bajó o no…
Al fin y al cabo… me fui feliz, con un placer
enorme que saturaba mi corazón y que hacía que mi alma resplandeciera, su
sonrisa me cautivó y me enamoró… y entonces me dije, ¿necesito algo más para
ser feliz? Una sonrisa me basta, y si cada persona sonriera al menos una vez
durante el día… ¿no íbamos a tener un mundo distinto?
Esta historia es para todos vosotros para quienes
una sonrisa verdadera es importante, con el deseo de que cada uno de nosotros
sonría al menos una vez en el día, simplemente… ¡por un mundo mejor!
No comments:
Post a Comment